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dijous, de setembre 15, 2016

LA FLAUTA MÀGICA, Mozart

Gran Teatre del Liceu

El text que segueix està tret del dia EL PAÍS arran de les representacions que es van fer al Teatro Real de Madrid



La historia de La flauta mágica ya es atípica de por sí. Se estrenó alejada de los grandes coliseos que habían visto la gloria de Mozart, en un pequeño teatro de los suburbios de Viena, propiedad del autor del libreto de la obra, Emanuel Schikaneder. Para una obra atípica, una producción atípica es la que ofrece el Teatro Real a partir del próximo 16 de enero. Un montaje con una pantalla como único decorado e inspirado en el cine de Buster Keaton y Louise Brooks, sin palabras pero con un papel crucial de la música.


La flauta mágica no es una ópera en sí. Catalogada como singspiel -un teatro con música y letra en alemán que incluye diálogos hablados-, la que llega a Madrid es una producción de 2012 para la Komische Oper de Berlín, que ha rodado por todo el mundo. "Mozart lo que logra aquí es convertir un género menor en algo muy sofisticado que podría estrenarse en la corte. Salieri, contemporáneo de Mozart, se deshizo en elogios con La flauta mágica y la calificó de digna de cualquier corte europea", cuenta el director artístico del Real, Joan Matabosch.

En esta producción, gobernada musicalmente desde el foso por Ivor Bolton, se "capta de una forma brillante la Ilustración, el paso del oscurantismo a la luz del siglo XVIII", dice el director musical. Para ayudar a ese paso aquí se ha prescindido de todo decorado para dejar que reine en el escenario vacío una gran pantalla. "En esa pantalla se proyectan animaciones con las que interactúan los cantantes, que aquí tienen también mucho de actores. Ha sido un trabajo difícil, hemos hecho muchos ensayos y solo esperamos a un público con una gran curiosidad, que es parte fundamental del éxito de este montaje", explica Tobias Ribitzki, realizador de la dirección de escena en nombre de su creador original, Barrie Kosky.

Para la creación de esta dramaturgia compleja y reveladora, Kosky se apoyó en Berlín en el Grupo 1927. Esta compañía desarrolló una idea en la que el singspiel de Mozart se mueve entre el cine mudo -las partes habladas se exponen de forma sintetizada en frases proyectadas que se corresponden con el gesto de los cantantes- y unas proyecciones que hacen de escenario imaginativo y cambiante para cada uno de los personajes de esta obra de trasfondo simbólico masónico. Así, el personaje de Papageno se reviste de Buster Keaton o Pamina se transforma en Louise Brooks, y de vez en cuando aparecen en la proyección unos elefantes rosas alados que evocan a la iconografía universal de Walt Disney.

EL PAÍS 14.1.2016

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